Como les comenté, este fin de semana tuve un retiro espiritual con algunos amigos y amigas de mi iglesia. Fue una experiencia linda y tranquila. Logré meditar bastante y mejorar los lazos de amistad con personas que no veía hace rato.
El sábado a la noche tuve una experiencia personal muy fuerte. Me pasó mientras oraba. Sentí que Jesús me preguntaba qué era más importante en mi vida, si el Jiu Jitsu o Él. La verdad era que le estaba prestando más atención a mi entrenamiento que a mi Dios y eso no podía ser. Luego me dijo que tenía que elegir qué era lo que iba a estar en primer lugar en mi vida.
El problema acá no es el Jiu Jitsu sino la nivel de importancia que le puse en mi vida. Lo llevé a un nivel de obsesión tan alto que ya dejaba de ser sano. Debía restaurar el equilibrio entre mis prioridades. Es por eso que tuve que tomar la desición más difícil que jamás tuve que hacer. Decidí dejar de entrenar Jiu Jitsu.
Les estaría mintiendo si les dijera que no lo lloré. La verdad es que lo dejé no porque no me gustaba sino porque me gustaba demasiado. Llegó un punto que ese amor por el arte suave dejó de ser sano. Luego de tomar la decisión, sentí una paz que únicamente proviene de Dios. Hasta mi cuerpo se sentía más liviano.
Ayer lo charlé con mis instructores (es por eso que no posteé… no quería escribirlo y que se enteren por acá). Les dije lo que escribí arriba un poco más en detalle. Me comprendieron y respetaron y dijeron que las puertas estarían abiertas para cuando desee regresar.
Hay una historia bíblica que cuenta que Abraham no podía tener hijos con su esposa. Dios le promete que les va a dar un hijo. Cuando su esposa tiene como 80 años, les nació su primogénito, Isaac. Abraham amaba tanto a su hijo Isaac que Dios le dijo que tenía que elegir entre su hijo y Él. Le pidió que matara a Isaac en sacrificio a Él. Tras dolor y llanto, Abraham decidió hacer lo que correspondía: obedecer. Junto con su hijo, caminaron hasta el altar del sacrificio. Abraham ató a Isaac y justo cuando estaba por descender el cuchillo sobre él para matarle, Dios le interrumpió. Cómo vió que verdaderamente estaba dispuesto a dejar hasta aquello que más amaba por Él, le dijo que no hacía falta que lo matara. Además le prometió que tendría tantos hijos como estrellas en los cielos o como la arena en la playa. Y así fue. Abraham es el padre de la decendencia judía que perdura hasta el día de hoy.
No se si este despojo mío durará para siempre. Puede que dure un año, puede que 2, tal vez 7 o 10. Puede que 3 meses o que cuando acabe la semana deba volver. No lo se. Eso lo decide el Padre. Lo único que se es que si decide decirme que “no le entierre la daga a mi Isaac”, me lo dirá de manera tan clara como cuando me pidió respetuosamente que lo abandone. Bendito sea mi Dios.
Gracias por leer,
Dario Manoukian
Abraham biblia dios entrenamiento Isaac jiu jitsu