Este fin de semana estuve descompuesto a causa del estrés de la vida de ciudad. Me dolió la panza y cabeza y hasta pasaron cosas que tal vez mejor no mencionar.
Mientras me encontraba en este estado, oré a Jesucristo pidiéndole que me cure de mi dolor. Con el tiempo, así lo hizo. Fue recién el domingo a la mañana, mientras leía el libro de Job en la Biblia, que me percaté de algo.
En cierta ocasión, Job era la persona que más agradaba a Dios sobre toda la faz de la Tierra. Era el sirviente más fiel. Dado a esto, Dios le recompenzó con muchas tierras, ganado, sirvientes e hijos. Para hacer corta una historia larga (pero muy interesante), el diablo se presentó ante Dios. Dios le dijo: “¿te fijaste de mi siervo Job? No hay como él en toda la Tierra.” A lo cual el diablo le respondió (en otras palabras): “Job te adora porque le bendices. Si le quitas todo lo que tiene, de seguro te maldecirá”. Dios le dió permiso al diablo para que le quitara todo lo que tenía Job, pero no le dió permiso para que le hiriera a él.
En ese mismo día, Job perdió a todo su ganado, todos sus hijos e hijas, todos sus terrenos, cosechas y demás. La esposa de Job le dijo: “¿porqué no maldices a tu Dios?”. A lo que Job le respondió: “desnudo vine a este mundo, y desnudo me voy. Bendito sea Dios”.
El diablo se presentó nuevamente ante Dios y Dios le dijo en otras palabras que no tuvo razón. El diablo dijo algo así como: “no tendrá sus bienes materiales, pero tiene su salúd. Toca su hueso y seguro te maldecirá”. Dios le dió permiso para que le hiriera con enfermedades, pero no le permitió que lo matara.
Resumiendo, a Job le agarró toda enfermedad habida y por haber durante un largo año. La piel se le caía a pedazos, usaba una vara para rascarse, estaba sentado sobre cenizas y encima sus mejores amigos le decían “algo habrás hecho”. Aún cuando dormía era atormentado mediante sus sueños. La esposa de Job le decía: “maldice a tu Dios y muere”. Y Job le respondió: “¿hemos de tomar de Dios lo bueno y no lo malo? Bendito sea el nombre de Dios.”
Al final de todo, Job pasó la prueba y Dios le recompenzó con el doble de lo que tenía. A consecuencia de la prueba, Job (el seguidor más fiel de Dios sobre la faz de la Tierra) dijo: “De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven”.
Luego de haber leído esto, me sentí muy débil por lo que me había sucedido. Apenas tuve un mísero fin de semana en cama y ya estaba clamando a Dios pidiéndole que me removiera el dolor. Ojalá fuera yo un poco más valiente como Job y tuviera tan claros mis valores que no me llegara a importar mi condición actual para dar gracias a Dios. Algún día diré yo también, “ahora mis ojos te pueden ver”.
Gracias por leer,
Dario Manoukian
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